Suelen decir que nunca vienen solos. Es cierto. Y, además, no son ajenos a nadie o, más bien, casi nadie resulta ajeno a ellos. Persiguen por doquier a quien quiera que sea, al más bueno y al más malo. Al indefenso y al fuerte.
Piensas lo increíble que resulta cómo tu vida o la de quienes están a tu alrededor se viene abajo, cómo se derrumba, y al salir por la puerta de casa te das cuenta de que no eres único: siempre hay alguien peor. Es ley de vida; mal de muchos, consuelo de tontos.
Pero no basta. Los refranes no sirven para sentirnos mejor. Hay gente que deambula por las calles pensando dónde andarán otras personas, otras personas que no pueden pensar en más que sus problemas económicos, en cómo llegar a fin de mes. Otras a quienes el trabajo no les deja vivir y que a pesar de ello no tienen un pan que llevarse a la boca. Matrimonios que se vienen abajo, parejas que no tienen libertad para ser.
Hay quienes no pueden moverse. Y hay quienes no pueden moverse y además son plenamente conscientes de ello. Y quienes se sienten profundamente desgraciados, y quienes no saben vivir y quienes no tienen nada, y quienes ni siquiera cuentan con un corazón para sentirlo. Literalmente.
Aquéllos que ven realidades que no existen, pero que son más reales que la propia realidad. Los que sienten miedo y los que sienten terror. Los que no pueden ver colores... y aún peor, no podrán jamás enamorarse de unos ojos. Tampoco leer unas líneas o ver una pintura de Rembrandt.
Hay quienes no sentirán jamás el amor y otros que no serán correspondidos por más que lo sientan. Quizás haya quien ande perdido toda su vida. Quizá quien no tenga derecho a vivirla.
Pero no incordio más, ahora que alguien venga y se entretenga en dejar migajas de cosas buenas, por favor. O, mejor, que me prometa que toda la gente será feliz... al menos en algún momento de sus vidas.